¿Es posible impulsar la bici sin desincentivar el uso del coche?
Bicis
en las aceras, bicis en los caminos bici, bicis en los paseos, bicis
en los parques, bicis en los jardines... y en la calzada sólo
coches. Hay excepciones pero son escasas. El desarrollo de la bici
como opción de movilidad en nuestras ciudades se ha hecho a costa de
los peatones pero ¿por qué?
Pues
porque ha sido un juego, un juguete en manos de unos políticos
medrosos y cortos de miras, que han querido utilizar la bicicleta
para escenificar un teatro de sostenibilidad, contando con unas
cuantas marionetas que han visto que la ocasión la pintan calva y
que su diosa bicicleta era merecedora de un reconocimiento histórico
pendiente. Todos ellos estaban de acuerdo en una cosa: cuantas más
bicicletas en la calle, mejor.
Ecosistema
urbano y movilidad
Lo
que no tenían en cuenta es que la ciudad como ecosistema y la
movilidad como uno de sus vectores más importantes no funciona por
simple adición sino que requiere de una visión de conjunto y que la
maldita sostenibilidad (ese fabuloso sucedáneo de la innombrable
ecología) no se consigue añadiendo items sino, fundamentalmente,
compensando los desajustes y tratando de contrarrestar las
componentes que hacen que ese monstruo devorador de energía y
generador de tensiones ambientales y sociales tremendas en el que
vivimos la mayoría de las personas hoy en día, se haga algo más
amable, más eficiente y menos agresivo.
En
términos de movilidad (otro eufemismo fatal que no ha servido más
que para priorizar la necesidad de moverse por encima del derecho a
la accesibilidad y a la deseable proximidad) la ciudad es el
escenario de las opciones que la gente ha ido tomando para
desplazarse. Así hay gente que utiliza para moverse automóviles,
transporte colectivo, bicicletas o lo hace a pie. Son opciones y no
son estancas, es decir, una misma persona puede desplazarse en
distintos medios de transporte de acuerdo a sus distintos viajes.
Otra cosa que nos cuesta un montón comprender.
La
mano invisible y sus intereses
En
el sistema de la movilidad cuenta de una manera decisiva la
estrategia de incentivación de unos medios frente a otros, que
normalmente viene diseñada por los gobernantes conveniente
presionados por los grupos de interés económico, los tan temidos
"lobbies", con sus amenazas y sus promesas de progreso,
desarrollo y sobre todo riqueza infinita. De los objetivos que se
plantean esos grupos de poder depende la configuración de las calles
y sus desequilibrios.
La
cosa entendida así ya no parece tan limpia y tan inocente, porque en
realidad no lo es. La realidad es siniestra e interesada y la
maquinaria del poder no entiende de sofismas ambientalistas ni de
quimeras sociológicas. Esas son causas para el necesario
contestatarismo que afianza, con su marginalidad y su fragilidad, la
lógica aplastante del poder. Dominante.
Es
ese poder y los gobiernos que le bailan el ritmo el que ha ido
decidiendo introducir, incentivar y acabar imponiendo el uso del
automóvil privado como opción deseable para los desplazamientos
habituales de la ciudadanía. El mismo poder que ha fomentado la
dispersión geográfica que ha acabado con la posibilidad de utilizar
otros medios, que ha construido asentamientos sólo accesibles en
coche, que ha diseminado los centros de actividad para despotenciar
al transporte colectivo, sobre todo el público, y que ha disuadido a
la gente de ir a pie o en bici a sus destinos habituales. El mismo
que ha ido configurando la ciudad y sus conectores dimensionándolos
a escala coche y haciéndolos poco atractivos para los no
motorizados.
Ese
poder y sus lacayos no han tenido empacho en diseccionar cuantas
veces ha sido necesario la ciudad consolidada, esa a la que recurren
como algo inviolable cuando se pretende redistribuir los espacios en
busca de oportunidades para otros usos, para ofrecérsela en bandeja
al coche en forma de avenidas y aparcamientos rápidos y seguros.
En
esas ciudades surcadas de grandes viales a la medida de los coches,
en las que se puede aparcar por doquier, en las que se puede llegar
prácticamente a cualquier parte al volante, ahora pretendemos meter
las bicis, sin poner en cuestión su arquitectura y mucho menos los
motivos que fundamentaron dicha configuración.
Así
jugamos a hacer vericuetos para las bicis para consuelo de muchos,
que se conforman con cualquier cosa, y para indignación del resto. Y
alentamos a la gente para que los use y para que tema utilizar sus
bicicletas en la calzada, porque es muy peligrosa para todo aquel que
no posea un motor. Y así los ciclistas acaban circulando por las
aceras y los coches no encuentran molestias en la calzada.
¿Qué
se puede hacer con esto?
Pues,
básicamente, hay dos alternativas: no hacer nada y dejar que la cosa
desvaríe hacia donde sea menos hacia el detrimento de los intereses
automovilistas o bien empezar a deconstruir la ciudad de los coches.
Lo primero es lo que se está haciendo en la mayoría de las
ciudades, lo segundo es el reto y un reto que se antoja difícil pero
no imposible.
El
reto: deconstruir la ciudad de los coches
El
reto consiste en ir haciendo el coche cada vez más inconveniente
para los viajes urbanos, por supuesto, pero el verdadero reto,
la reválida,
consistirá, por encima de eso, en recuperar las ciudades para los
ciudadanos.
Sobre todo los centros urbanos. Hay que reurbanizarlos como espacios
de convivencia, pero, más que eso, hay que devolverles su categoría
de centros de actividades (y no solamente comerciales), de ocio, de
encuentro y de vida.
Para
ello será necesario impulsar una decidida estrategia que ataque la
desertización de los centros urbanos, con políticas que busquen la
ocupación de todas las viviendas que se encuentran vacías,
penalizando las que no se ocupen. Pero será necesario también
devolver las oficinas a los centros urbanos, para que vuelva a haber
actividad económica, más allá de la comercial o la depauperada
hostelera, favoreciendo a las que se ubiquen otra vez allí.
Este
tipo de medidas devendrán en una reincardinación de más personas
en el centro, pero en un nuevo centro, reconfigurado para que el
acceso en coche sea penoso, cuando no imposible. Ayudarán a
recomponer un transporte público que ahora se ahoga intentando dar
cobertura en zonas dispersas y a centros de actividad deslocalizados
y periféricos. Pero sobre todo servirán para mostrar una forma
diferente de convivencia en la que la marcha a pie y las bicicletas
dominarán las calles y donde las personas prevalecerán sobre los
vehículos.
Sin mayores actuaciones, sin
desembolsos inalcanzables, sin cirugía urbana, sin hacer pasillos
imposibles, sin grandes campañas mediáticas, sin bicicletas
públicas ni otras vainas. Allí se impondrá el sentido común, la
practicidad, y ahí la bicicleta se volverá incomparable y se
impondrá en recorridos medios, para ceder el paso a los peatones en
las distancias cortas.
Es
un reto difícil, porque venimos de unos años, sobre todo los
últimos, en los que se ha hecho lo contrario con avidez enfermiza,
pero esos tiempos de la excavadora, el ladrillo y el fajo de billetes
afortunadamente han pasado y ahora hay que mirar a lo que viene y a
lo que se puede hacer... y deshacer.
Fuente: bicicletasciudadesviajes
Fuente: bicicletasciudadesviajes



