Bienvenidos al lado oscuro
El
cambio de hora al horario de invierno representa el fin de la
ilusión del verano infinito y la certeza de la llegada del
melancólico otoño en un tránsito inexorable hacia el frío y
oscuro invierno. Solo que lo hace sin tanta poesía, de repente y
por una
convención que nadie acaba de entender para qué demonios se hizo y
por qué demonios se mantiene.
El
caso es que ahora nos apagan la luz una hora antes, aunque también
nos la enciendan esa hora antes por la mañana, lo que debería
compensar las cosas, aunque no lo hace. La
certeza de la incursión en la estación de las tinieblas y la
tristeza de ver recortado ese rato a la tarde para disfrutar de la
calle, sobre todo entre los menores, no se compensa con algo más de
luz en el madrugón.
Nos
obligan a ocultarnos antes, porque la noche no invita a esparcirse
sino a recogerse, y nos hacen obligadamente más hogareños, de
hecho nos confinan en nuestras casas como si fuéramos escandinavos,
teutones o eslavos. Pero no lo somos. Y sufrimos por ello. Aunque
nos hayamos hecho a puro fuertes. Porque esto no es algo que se
pueda decidir, los horarios están, en su mayoría, preestablecidos,
son innegociables.
A
partir de ayer, a partir de hoy, a partir de mañana, el
retorno a casa a la tarde va a ser a oscuras y eso, además de
resultar más siniestro, por lúgubre, se convierte en algo más
peligroso, sobre todo entre los ciclistas, porque tenemos que
hacernos ver doblemente: una por habitualmente invisibles incluso
con luz y otra por la pura falta de luz.
Así pues, hay
que volver a recordar otra vez la imprescindible seguridad que
aportan las luces y los elementos reflectantes y la necesidad de
redoblar nuestra prudencia y nuestra prevención al circular,
haciéndonos ver, señalizando, ocupando posiciones que no dejen
lugar a la duda de nuestra trayectoria, de nuestras intenciones, de
nuestras maniobras.
Porque todavía hay demasiada gente con
pocas luces o sin luces, bienvenidos al lado oscuro si vais
iluminados.
Fuente: bicicletasciudadesviajes
